/ miércoles 25 de septiembre de 2024

Terapéutica en el virreinato, siglo XVIII

Cartografía del tiempo y la memoria

Agua de malvas y goma / sanguijuelas y sangrías / y que el enfermo coma. / A mí me duelen las muelas, / mi hijo tiene tabardillo / papá se quebró un tobillo… / pues a todos / sanguijuelas…

Coplilla del siglo XVII

En el siglo XVIII la Nueva España se encontraba en apogeo y prosperidad económica debido a la explotación de los generosos recursos naturales renovables y no renovables; el comercio interoceánico a través de los galeones y la Nao. La ruta de Tierra Adentro y el trazado de caminos – algunos sobre los antiguos derroteros mesoamericanos-. En ese itinerario se desarrolló un intenso intercambio además de productos y metales preciosos, de cultura en su expresión más amplia. Las ciencias y las artes de la época eran el efecto de una larga tradición de generación de conocimientos y transmisión de saberes de los pueblos originarios conjuntados con la herencia de Medio Oriente y Mediterránea. La noción de enfermedad oscilaba entre las creencias populares, en ocasiones imbuidas por el pensamiento mágico y religioso, pero también práctico porque alentó al conocimiento médico ilustrado en lo biológico y social.

En términos actuales el siglo XVIII correspondía a un mundo globalizado. Este intercambio entre Asía, África, Europa, Medio Oriente y América trajo una movilidad insólita, tanto humana como de diversos géneros de animales y variedades botánicas. Aparecieron enfermedades desconocidas, persistían las endémicas que dependían de las estaciones del año y de la marginalidad social y económica. Las estrategias gubernamentales eran otro factor para los brotes y propagación de enfermedades. No existían políticas de sanidad pública que fueran eficientes. Las epidemias desde el siglo XVI, habían afectado a las etnias originarias toda vez que carecían de inmunidad antiviral y antiinfecciosa, además era en lo general uno de los grupos subordinados a la autoridad hispana y a la exclusión racial.

La terapéutica contra las epidemias al iniciar el siglo “de las luces”, que afectaba a la población en general, fuera la de clases privilegiadas o de las castas, como se usaba en ese tiempo el término. Padecían de enfermedades como el sarampión y la viruela en tiempos de secas. Con las lluvias sobrevendrían las fiebres malignas, la disentería y otras relacionadas. A esto se agregaba la calidad del agua y las polvaredas salitrosas del entorno. El tifus, el cólera y otras epidemias registradas desde la incursión europea y posterior colonización del territorio. Las medidas para tratar de aminorar las epidemias, pestes, tifo exantemático o tifus vulgarmente llamado “tabardillo” por su semejanza con las manchas que dejaban las plagas en las plantas. Los síntomas eran inequívocos; iniciaba con escalofríos, constante ardor en las entrañas, ansiedad, dolor de cabeza, cansancio y enrojecimiento de los ojos. Regularmente en un lapso de un poco más de una semana se presentaban las hemorragias por nariz y boca; el padecimiento era doloroso, la fiebre propiciaba delirios y la muerte.

La terapéutica de aquella época recomendaba la aplicación de fomentos de vinagre, nitro y alcanfor, también eran usadas aguas epidémicas, jarabe de diacodión, agua triacal alcanforada; remedios de agua de cerezas negras, sangrías, emplastos, infusiones de manzanilla, tila, rosas; también agua de borraja, jarabes, entre otros. La fiebre se controlaba con trozos de víbora, sal volátil de jarabe de azafrán en polvo. Más los que recomendaban las nanas indias o negras a base de emplastos, ungüentos y hierbas. Entre las prácticas y creencias se acudía a las rogativas, oraciones, misas y sufragios, para algunos más eficaces, porque obraba la voluntad divina.

El tratamiento estaba influido por la teoría humoral (flema, sangre, bilis negra y bilis amarilla), practicada todavía en la Nueva España según los tratados de Hipócrates y Galeno, aunque ya estaba los estudios de Sylvius en base a la incipiente ciencia de la química. La terapéutica mesoamericana sobre los desequilibrios “fríos o calientes”, dada a conocer por el protomédico Francisco Hernández en su Historia Natural..., era conocida y aplicada. Las prácticas relacionadas con los hierberos, chamanes y curanderos estaban celosamente vigiladas por la Santa Inquisición, porque podían caer en la superchería e idolatría alejadas de los cánones apostólicos.

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Las adicciones al tabaco y las bebidas alcohólicas estaba extendida en diversos sectores sociales, la embriaguez era causa del deterioro físico y mental. Los males hepáticos, nutricionales, entre otras patologías, eran malestares de esa sociedad barroca. La fisiología trajo consigo nuevos conocimientos sobre el cuerpo humano; el funcionamiento a través de su estructura anatómica y su comportamiento ante los fármacos -como agente externo-. La rehabilitación con innovadores conocimientos se enfocaba a determinar la causa y buscar la solución a las enfermedades .

En el siglo XVI la medicina occidental de corte hipocrático-galénico, implantada en México y fusionada con la amplia tradición herbolaria de los pueblos indígenas, mantuvo su vigencia hasta ya entrado el XIX. En las siguientes entregas seguiremos compartiendo algunos rasgos del siglo XVIII e inicios del XIX, así como algunas características de la región queretana.


Desde Anbanica - Teocalhueyacan. Septiembre de MMXXIV.


Agua de malvas y goma / sanguijuelas y sangrías / y que el enfermo coma. / A mí me duelen las muelas, / mi hijo tiene tabardillo / papá se quebró un tobillo… / pues a todos / sanguijuelas…

Coplilla del siglo XVII

En el siglo XVIII la Nueva España se encontraba en apogeo y prosperidad económica debido a la explotación de los generosos recursos naturales renovables y no renovables; el comercio interoceánico a través de los galeones y la Nao. La ruta de Tierra Adentro y el trazado de caminos – algunos sobre los antiguos derroteros mesoamericanos-. En ese itinerario se desarrolló un intenso intercambio además de productos y metales preciosos, de cultura en su expresión más amplia. Las ciencias y las artes de la época eran el efecto de una larga tradición de generación de conocimientos y transmisión de saberes de los pueblos originarios conjuntados con la herencia de Medio Oriente y Mediterránea. La noción de enfermedad oscilaba entre las creencias populares, en ocasiones imbuidas por el pensamiento mágico y religioso, pero también práctico porque alentó al conocimiento médico ilustrado en lo biológico y social.

En términos actuales el siglo XVIII correspondía a un mundo globalizado. Este intercambio entre Asía, África, Europa, Medio Oriente y América trajo una movilidad insólita, tanto humana como de diversos géneros de animales y variedades botánicas. Aparecieron enfermedades desconocidas, persistían las endémicas que dependían de las estaciones del año y de la marginalidad social y económica. Las estrategias gubernamentales eran otro factor para los brotes y propagación de enfermedades. No existían políticas de sanidad pública que fueran eficientes. Las epidemias desde el siglo XVI, habían afectado a las etnias originarias toda vez que carecían de inmunidad antiviral y antiinfecciosa, además era en lo general uno de los grupos subordinados a la autoridad hispana y a la exclusión racial.

La terapéutica contra las epidemias al iniciar el siglo “de las luces”, que afectaba a la población en general, fuera la de clases privilegiadas o de las castas, como se usaba en ese tiempo el término. Padecían de enfermedades como el sarampión y la viruela en tiempos de secas. Con las lluvias sobrevendrían las fiebres malignas, la disentería y otras relacionadas. A esto se agregaba la calidad del agua y las polvaredas salitrosas del entorno. El tifus, el cólera y otras epidemias registradas desde la incursión europea y posterior colonización del territorio. Las medidas para tratar de aminorar las epidemias, pestes, tifo exantemático o tifus vulgarmente llamado “tabardillo” por su semejanza con las manchas que dejaban las plagas en las plantas. Los síntomas eran inequívocos; iniciaba con escalofríos, constante ardor en las entrañas, ansiedad, dolor de cabeza, cansancio y enrojecimiento de los ojos. Regularmente en un lapso de un poco más de una semana se presentaban las hemorragias por nariz y boca; el padecimiento era doloroso, la fiebre propiciaba delirios y la muerte.

La terapéutica de aquella época recomendaba la aplicación de fomentos de vinagre, nitro y alcanfor, también eran usadas aguas epidémicas, jarabe de diacodión, agua triacal alcanforada; remedios de agua de cerezas negras, sangrías, emplastos, infusiones de manzanilla, tila, rosas; también agua de borraja, jarabes, entre otros. La fiebre se controlaba con trozos de víbora, sal volátil de jarabe de azafrán en polvo. Más los que recomendaban las nanas indias o negras a base de emplastos, ungüentos y hierbas. Entre las prácticas y creencias se acudía a las rogativas, oraciones, misas y sufragios, para algunos más eficaces, porque obraba la voluntad divina.

El tratamiento estaba influido por la teoría humoral (flema, sangre, bilis negra y bilis amarilla), practicada todavía en la Nueva España según los tratados de Hipócrates y Galeno, aunque ya estaba los estudios de Sylvius en base a la incipiente ciencia de la química. La terapéutica mesoamericana sobre los desequilibrios “fríos o calientes”, dada a conocer por el protomédico Francisco Hernández en su Historia Natural..., era conocida y aplicada. Las prácticas relacionadas con los hierberos, chamanes y curanderos estaban celosamente vigiladas por la Santa Inquisición, porque podían caer en la superchería e idolatría alejadas de los cánones apostólicos.

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Las adicciones al tabaco y las bebidas alcohólicas estaba extendida en diversos sectores sociales, la embriaguez era causa del deterioro físico y mental. Los males hepáticos, nutricionales, entre otras patologías, eran malestares de esa sociedad barroca. La fisiología trajo consigo nuevos conocimientos sobre el cuerpo humano; el funcionamiento a través de su estructura anatómica y su comportamiento ante los fármacos -como agente externo-. La rehabilitación con innovadores conocimientos se enfocaba a determinar la causa y buscar la solución a las enfermedades .

En el siglo XVI la medicina occidental de corte hipocrático-galénico, implantada en México y fusionada con la amplia tradición herbolaria de los pueblos indígenas, mantuvo su vigencia hasta ya entrado el XIX. En las siguientes entregas seguiremos compartiendo algunos rasgos del siglo XVIII e inicios del XIX, así como algunas características de la región queretana.


Desde Anbanica - Teocalhueyacan. Septiembre de MMXXIV.


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